Julieta María Richiello - La posibilidad de una isla: cosmología poética e imago naturae en José Lezama Lima desde las tecnologías de la crítica
Julieta María Richiello
Licenciada en Letras (UBA) y maestranda en Estudios Literarios Latinoamericanos (UNTREF) – Investigadora en formación en el Instituto de Estudios Filológicos Latinoamericanos “Ana María Barrenechea” (UNTREF)
julietarichiello@gmail.com / @jrichiello
Mejor que sustituir, restituir. ¿A quién? La posibilidad de una isla: cosmología poética e imago naturae en José Lezama Lima desde las tecnologías de la crítica
En 1954, el abogado y escritor José Lezama Lima (2006) le escribe a María Zambrano: “Partí de la poesía y ahora estoy en ese momento en que quisiera ahondar en esa encarnación o hipóstasis de las imágenes”. Con la certeza de que esta “faena natural” le dará un destino, sostiene sobre su trabajo con la poesía que “cuando hemos estado durante muchos años golpeando el metal en un sólo punto, en forma de duro ejercicio, no adquirimos tan solo un sentido morfológico de muchos valores, sino que nos vamos apoderando de una extensa zona relacionable” (p. 107).
Esta ponencia propone esbozar la operación tecno-estética del derecho en los debates críticos de las teorías literarias y sus modos familiares (y recíprocos) de intervención en el aparato jurídico-legal e institucional del/los Estados modernos europeos y latinoamericanos. Se atiende, entonces, sobre las mediaciones –la dimensión de la inteligencia entre el saber-hacer y el poder-hacer de la que emerge el persuasivo querer-hacer, cuyo sujeto “crea las condiciones para el surgimiento y permanencia del estado de un sujeto de estado” (Zylberberg, 2017: p. 166)– que ofrece, por un lado, el proyecto especulativo lezamiano, y la dimensión de la sensibilidad –un querer-ser– de su “Sistema Poético de Mundo” (Orígenes, 1954) y de la isla cubana como paisaje: “medio expresivo de la individuación latinoamericana” (Aguirre, 2015:189). En una transición de la semiótica general, cuyo interés es la relación entre naturaleza y cultura, hacia la estética desde el “paradigma del jardín” (Parret, 1988 en Zylberberg, 2017), se plantea un recorrido transductivo entre la veridicción a la forma de vida, la creación, por caso, en el espacio-tiempo, de un “ambiente estilístico” (Link, 2026).
Es en esa variación del sistema metrológico universal donde se instala Lezama Lima: ya no en el reemplazo artificial y mecánico –p. ej.: los jardines rousseaunianos teóricos y la posterior puesta en práctica del Estado de derecho francés y el código napoleónico, la ley y su cuerpo–del tiempo que se ha perdido (sustituir), sino aquella figura del derecho (restituir), más cercana al camino de Swann en Proust, como forma de reparación (y resurrección), de devolver-restaurar a su estado original mágico-primitivo (sagrado) el acontecer del acto poético y creador de los “jardines invisibles” del barroco americano, donde conviven y superponen los objetos y sus imágenes (in)creíbles e (im)posibles; es decir, su instauración.
Cuando Lezama Lima (1954) señala que se está ante La rebúsqueda del tiempo perdido (p. 51), se interroga por aquel pasaje mistérico entre los personajes de una novela existiendo –intensa y virtualmente– pero aún desconocidos por el narrador contemporáneo de su creación –extensa novelable–, o bien por una constante que actúa como realidad histórica y como realidad novelable y que produce extrañas vivencias que danzan y vuelven a soplar sus epigramas en la cima proustiana de la novelística francesa en 1910. En este devenir, el hecho surge dentro del retiramiento del espacio poético que lo incita “a agitarse y a retomar sus hilos dentro de la fluencia”, para preguntarse por las relaciones de contigüidad y continuidad de la imagen que operan en su invención creadora en la poesía: “Las infinitas seriaciones sobre las que actúa la metáfora para provocar la causalidad de la sentencia poética dentro del continuo aportado por la imagen” (p. 53), en los que la metáfora es “el relieve de la plasticidad en las semejanzas, o un crujimiento de esos acumulados toques de energía en la fluidez de la corriente o en la densidad de la masa” (p. 54).
Deleuze (1995) sostiene en los 90 que los escritores deben leer colecciones de jurisprudencia. Esta es una invitación a recuperar la singularidad germinal de los casos a partir de los signos mundanos y sensibles cuyo ritmo o repetición se manifiesta en (velocidad o tempo) de la diferencia, en la que se lleva a cabo un proceso de individuación (Simondon, 2015), que implica una renuncia –sobre todo hilemorfismo– y una asunción: el punto de vista, cuya acción existe en relación a otro objeto que ella misma (entonces como theatron), en su escenificación concisa –imago naturae o ficción de naturaleza (Thomas, 1991)– que es el tribunal de la imagen tejida por la historia.
El teatro, que lleva a cabo el proceso dramático-afectivo, ha sido comprendido como estructura viva (desde el punto de vista mecanicista o verosímil de lo viviente) como organismo (Thayer, 2010), pero también como jardín para explicar la divisibilidad infinita y la vitalidad de la materia (Leibniz, 1982; Zylberberg, 1999). Bajo estas morfologías del plano de la expresión, que despliegan en el observador la distensión de los afectos, emergen las tecnologías (o artefactos) de la crítica (Thayer, 2010) Existe otro modo de existencia híbrido en la que la esencia de la forma es captada por los sentidos –que Aristóteles interpreta como aura– y que inventa o reinventa lo extraño, ahora como principio de lo familiar, y que tiene a la excepción del caso (insular) como principio fundante para manifestar, en el siglo XX, su crítica y crisis del aparato jurídico-estatal, la obra literaria, teológica, cosmológica y la relación de los elementos entre sí, de la universidad, de la transducción técnica-educación del proyecto simondoniano.